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miércoles, 27 de octubre de 2010

La vuelta

Todo lo malo-bueno se acaba. En este caso, malo por la operación y bueno por las "vacaciones" (hay que buscarle el lado positivo a todo, y seis semanas sin trabajar pueden considerarse como tal).

Todavía con algún dolor que otro, pero con toda la movilidad y casi toda la fuerza recuperada vuelvo al trabajo. Sigo con la rehabilitación pero ya sin ir hospital. Todos los días una hora por la mañana y otra por la tarde en el gimnasio.

Las muletas se quedaron en casa hace un par de semanas. Mi "fiesta nacional" fue salir a la calle sin ayuda. A los quince días de la operación empecé a apoyar el pie. Al principio sobre una báscula para controlar el peso que apoyaba sobre la pierna mala. Primero 30 kilos, después 45, 60 y una muleta fuera. Cuando pude poner todo el peso, sin muleta en casa ni en el hospital. En ese momento dejó de venir la ambulancia a por mí todos los días para llevarme y traerme y parte de la rehabilitación fue coger el autobús, todavía con una muleta para que me cedieran el asiento...

Lo malo de esto es que con tanto ejercicio como se hace sobre el lado malo, la "buena" tiene al final menos fuerza, elasticidad y menos equilibrio. Así que ahora también hay que acordarse del otro lado para no liarla, que ya me dijo el médico que habrá que operarla también en algún momento y mejor que tarde.

Parte de los ejercicios son de equilibrios, con la tontería pueden ir temblando los del circo del sol. Soy capaz de hacer virguerías sobre una pelota de pilates.

Lo peor es que, de vez en cuando, justo cuando dejé de tomar los antiinflamatorios, vuelven algunos de los viejos dolores, con menos intensidad, pero saludado como un viejo amigo... El miércoles que viene veré al cirujano y le preguntaré. Espero que no sé quedara corto o que no todo fuera quitarme un trozo de cabeza de fémur...

Para volver a correr (en la calle, en la cinta o en la elíptica) todavía falta un poco. Lo tendrá que confirmar el cirujano pero la fisio piensa que algo más de un mes. Pilates, taichi, yoga... los puedo hacer ya, controlando que no me duelan las posturas.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Desde mi ambulancia

La vida se ve distinta desde una ambulancia.

Todo el mundo que está fuera anda con prisa por llegar al trabajo, a la clase, a donde sea que vayan. En la ambulancia no existen las prisas. Vas al hospital (en mi caso a rehabilitación) y sabes que el gimnasio y la fisio estarán allí cuando llegues. Estás de baja y tampoco puedes salir mucho a la calle a dar vueltas con las muletas.

Tampoco tenía ni idea de que existieran estas "ambulancias". Son transporte de enfermos (rehabilitación, consultas, diálisis,...). Son más un autobús que otra cosa. Cinco sentados, uno en camilla y un hueco más para una silla de ruedas. Mi máximo ha sido cinco contándome a mí. Incluyendo silla de ruedas.

Para ir son fantásticas. Bajas cuando te llaman al telefonillo y te llevan directo. La vuelta es un poco más problemática. Es más fácil cuadrar los horarios de ir al hospital, que son conocidos, que los de la vuelta. Cada uno acaba su sesión en un momento distinto, unas son más largas que otras, tampoco se hace lo mismo: el tiempo de una consulta no es comparable con el de una diálisis, el tiempo en la sala de espera...

Así que siempre hay que esperar un mínimo de 45 minutos al terminar a que llegue tu transporte.

Hay algunos que no acaban de aceptar esto. La sala de espera se llena de gente que se queja por lo mucho que tiene que esperar, porque la ambulancia no ha llegado en su momento,… y luego suben enfadados. Críticas al resto de conductores por cruzarse, por ponerse delante,… Casi todos son personas mayores (muy mayores). Supongo que estar sentando sin hacer nada es demasiado parecido a morir un poco y que, cuanto más se acerca ese momento, peor se lleva.

A mí me va bien así, sigo estando de baja y la casa ya la conozco.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Post-operatorio

La operación fue muy bien, a pesar de que al final empezase a sentir los puntos internos el cóctel ayudó a que estuviera tranquilo. Lo malo fue el post-operatorio.

La teoría decía que me iría al día siguiente. Al ser operado a las ocho de la mañana pensaba que incluso podría irme ese mismo día. Lo cierto es que era mucho pensar. En ese momento todavía no había visto la cicatriz así que no sabía que tampoco se había cumplido aquello de que iban a ser cuatro o cinco centímetros… pero sí que había oído que eran 15 grapas. O las habían puesto muy, pero que muy, juntas, o aquella mini-incisión se había hecho mayor.

El caso es que cuando salió el cirujano ya le dijo a Sara que se pasaría al día siguiente y que si todo iba bien me daría el alta. Sí que iba a ser un día operado  en el hospital.

Lo malo fue que el drenaje de la operación comenzó a drenar más sangre de la que debía. Tanta que, poco antes de comer, sufrí una bajada de tensión que, ya que parecía una hoja de papel por las grapas, me dio el toque final de color blanco para poder ir a una fiesta de disfraces.

La preocupación de las enfermeras era que me sentara mal la comida… la mía que fuera poca comida. Gané yo. Era poca comida, pero entre eso y tumbarme con los pies levantados en la cama consiguieron que superara el 7,4 – 3,2 de tensión. Pero el drenaje siguió haciendo de las suyas y antes de la cena volví a caer. Se había ido casi un litro de sangre por el tubito de marras.

En esta ocasión ya flotaba en el ambiente la transfusión de sangre, por lo que me hicieron primero un análisis para ver si estaba bien de todo. El enfermero viendo mi insistencia pidiendo un entrecot poco hecho me dijo que si quería que alguien me subiera algo de la cafetería él lo veía bien.

Yo lo veía mejor y Sara estaba también de acuerdo. Así que, además de los bollos de chocolate que había traído por propia voluntad, bajó a por un bocadillo de lomo con queso con el complementar la pobre cena de hospital y salir por completo del bache tensional.

Eso sí, el enfermero también cambió el modo del drenaje y eso también ayudó a que no perdiera más sangre.

 

Las donaciones de sangre son básicas para todos, seamos solidarios. Lo malo es que a Sara no le dejaron donar porque había estado en Nepal hacía menos de seis meses…

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Piernas

Miércoles 22 de septiembre. Hoy hace una semana que volví a sentirme las piernas. Suena como una mala imitación de las películas de Rambo. Pero es real.

El martes 14 me operaron de la cadera. Lo cierto es que más que de la cadera fue de la cabeza del fémur, pero por ahí andaba la cosa. La anestesia era local, concretamente una epidural como las embarazadas. Además de la anestesia también pude disfrutar de un cóctel de sedantes (el anestesista lo llamó el cóctel Michael Jackson, a lo que yo le comenté que había muerto de una sobredosis, que tuviera cuidado). La parte buena es que aún estando despierto no te enteras de nada. Para mayor satisfacción el anestesista se hizo un usuario de Spotify en el quirófano y pude disfrutar del Live at Wembley de Queen durante toda la operación.

Eso no quitó que un par de veces oliera a panceta quemada, mi panceta, al cauterizar alguna vena supongo, ni que luego oyera y notara cómo se movía mi cadera cuando el cirujano se alejó de los instrumentos clásicos (bisturí, pinzas,...) y pasó a coger el martillo y el cortafríos. Sí, martillo y cortafríos para quitar el trozo de hueso que chocaba con la cadera. Algo muy sofisticado, no cabe duda.

Después de unas pruebas moviendo la pierna y confirmando que ya nada chocaba con nada, los cirujanos se fueron dejando la tarea de cerrar a otros. Durante esa tarea de cerrar mi conciencia se fue despertando poco a poco y la manipulación comenzó a ser dolorosa. Esto provocó un nuevo chute de anestesia tardía.

Por si fuera poco el extra final, me dejaron colocada una bomba de dolor. Un aparatito que cada cierto tiempo suelta un dosis de anestesia (más como calmante, pero anestesia al fin y al cabo) por el catéter que tenía en la espalda. Entre unas cosas y otras hasta que no pasaron casi 24 horas, y desconectaron la bomba de dolor, no pude casi sentir las piernas y menos aún moverlas.

Es una sensación que no le deseo ni a mi peor enemigo. Mirar las piernas sobre la cama y hacer todo la fuerza que se puede para que se mueva un dedo... y ver que no se mueve en absoluto y que estás agotándote. Es de lo más desagradable que he pasado. Es evidente que es la anestesia y lo que te quieran contar, pero lo cierto es que tus piernas están inertes, no hay manera de que se muevan y tampoco sabes cuándo se pasará el efecto.

Hoy hace una semana que pude sentirlas de nuevo.