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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Quiero salir de aquí

- ¿Hay alguien ahí?

Lo único que llegaba a sus oídos eran conversaciones que no entendía. El sonido llegaba claro. Había gente cerca. No entendía las conversaciones pero sí las palabras. Ellos debían entenderle a él. Pero no recibía respuesta.

Tenía la mirada fija en la pantalla. Las cosas se movían rápidamente pero no sabía qué eran. ¿Estaba realmente mirando?

Notaba la silla. Su asiento soportando su cuerpo. Era capaz de sentir en qué punto terminaba el asiento y hasta donde llegaba el respaldo. Pero seguía sentado. ¿Estaba realmente tratando de levantarse?

Empezaba a dudar de que oyera su voz cuando gritaba. Le llegaba el sonido de las conversaciones, de las teclas de los ordenadores, las ruedas de los ratones, el repiqueteo pensativo de los dedos sobre las mesas… pero no su voz. ¿Estaba realmente gritando?

Sus dedos estaban apoyados en las teclas. Sentía cómo se movían veloces mientras escribía pero no sabía qué estaba escribiendo. ¿Eran los demás conscientes de que estaba allí?

De pronto notó un movimiento. Al otro lado de su monitor, justo en la esquina de su visión periférica. Alguien se había levantado. No era la primera vez que veía a alguien levantarse desde que estaba allí (¿Dónde estaba?), pero algo le hizo pensar que esta vez era diferente. Hacía más movimientos que en otras ocasiones. Se estaba poniendo un abrigo. ¡Iba a escapar! ¿Se podía escapar?

En lugar de esconderse para que nadie le detuviera en su intento, saludo a todos con un "¡Hasta mañana!"

¿Hasta mañana? Pudiendo escapar estaba dispuesto a volver mañana…

[¿Hay algún psiquiatra en la sala? Si lo hay, no hace falta que diga nada, ya lo sé…]

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La ruta

¿Cuánto tiempo había dormido?

Recordaba vagamente el lugar al que había llegado después de pasar todo el día caminando entre la tormenta. La arena levantada por el viento no le permitía ver nada y tampoco conocía lo bastante la zona como para orientarse. Caminó sin saber hacia donde. Necesitaba encontrar un lugar en el que la arena no le lijara la piel y los párpados no arañaran sus ojos. Tenía agua para beber y lavarse la cara, pero sabía que sería una estupidez hacerlo sin estar resguardado. Notaba la arena que había entrado entre las capas de ropa hasta llegar a su piel y tenía miedo por su agua, no se hubiera convertido en barro...

No sabía cuantas horas había andado, ni en qué dirección, cuando entre la arena le pareció ver una pared.

No era tan extraño. Su intención era encontrar una ruta comercial que el desierto había cubierto. Allí se levantaban poco tiempo antes todo tipo de edificios: hoteles, restaurantes, bares... A lo largo de todo el camino había crecido una próspera ciudad. No tenía más calles que la principal y la parte posterior de los edificios carecía de ventanas pero llegó a ser muy rica.

Cuando consiguió alcanzar la pared y buscó una manera de entrar descubrió que sólo había ventanas. Debía tratarse de un edificio alto que el desierto todavía no había hecho suyo por completo. Pero poco quedaba. La ventana no tenía cristales, rotos al poco de comenzar la tormenta, y daba paso a un pequeño desierto entre paredes. Tampoco tenía mucho más donde elegir y allí la arena solo llegaría desde un lado.

El silencio, o lo que a sus cansados oídos les pareció silencio, hizo acto de presencia en cuanto saltó adentro. No había que preocuparse por restos de cristales deshechos por la arena. Aunque había mucha menos luz, la claridad le molestó cuando abrió los ojos por completo. Ya ni recordaba cuántos días llevaba sin poder hacerlo.

Cuando se acostumbró a su nueva situación una puerta al otro lado de la habitación llamó su atención. Estaba cerrada, lo que era una invitación a abrirla. Era posible que la arena hubiera respetado otras partes del edificio.

Una extraña sensación se apoderó de él. ¿Podría al fin recuperar su humanidad deshaciéndose de toda la arena y lavándose? Sin poder esperar, y sin querer hacerlo, se acercó a ella.

No encontró mucha resistencia cuando tiró de la puerta tras bajar el picaporte, pero la corriente de aire que se levantó hizo que toda la arena de la habitación echara a volar amenazando con ocupar el resto de la planta. Como un relámpago la idea de echarlo todo a perder pasó por su mente. Su cuerpo reaccionó al instante y saltando de nuevo cruzó y cerró la puerta a sus espaldas.

Lo que apareció ante sus ojos era el paraíso. Solo era un pasillo con puertas a ambos lados. Si bien el aire estaba cargado y se notaba cerrado, no había casi arena en el suelo. Al final pudo ver una escalera que descendía. Después de probar con algunas puertas que no cedieron a su empuje, decidió que lo intentaría en otras plantas.

Un par de plantas más abajo encontró una puerta que sí pudo abrir. Estaba en un hotel, aquello era una habitación. No tenía ventana pero si un par de puertas. Supuso que una sería del baño y la otra alguna sala o una comunicación con la habitación contigua. El baño podía abrirse. El sitio se abandonó con urgencia, la tormenta se levantó sin avisar hacía tiempo, y todavía estaban colgadas las toallas en sus soportes. Como esperaba, no había agua pero ver su imagen en el espejo le produjo un escalofrío. Había salido de su ciudad hacía dos semanas y parecía haber envejecido 50 años. La piel estaba reseca y cuarteada. Los labios, totalmente cortados, trataban de cubrir unos dientes que la arena había dejado sin esmalte y las encías ya no mantenían firmes. Sus ojos eran los de un loco, inyectados en sangre debido a las pequeñas heridas y rodeados de arrugas de piel blanca en contraste con el resto de la cara completamente quemada.

Había llegado el momento de comprobar sus reservas de agua, tenía que beber y lavarse.

El agua estaba perfecta. Su suerte estaba cambiando: primero el hotel y ahora el agua. No tardó en lavarse y saciar su sed. Sabía que tenía que hacerlo poco a poco después de tanto tiempo y lo hizo.

La cama de la habitación era una tentación muy grande...

--

No sabía donde estaba, lo que veía no le era familiar. Poco a poco fue recordando lo que había pasado. ¡Había encontrado la ruta! Tenía que marcar la posición con la baliza para que pudieran ir a recogerle.

Recordaba perfectamente que había bajado dos plantas. No había pérdida, la escalera no subía más. Llegó al pasillo. Todas las puertas eran iguales y el día anterior no había tenido la precaución de marcar la que había atravesado.

Comenzó a probarlas una tras otra. Ningún picaporte cedía a su presión y ninguna puerta se movía... Cuando acabó con todas sin éxito volvió a intentarlo tratando de convencerse de que no había sido tan metódico como debía y se había saltado alguna. Después de cinco vueltas ya no podía seguir engañándose... estaba encerrado.

Antes de hundirse decidió explorar el resto del edificio en busca de una salida. Probó todas las puertas de la planta siguiente sin conseguir abrir ninguna. En la planta en la que había dormido encontró más habitaciones sin ventana, pero ninguna puerta se abría al otro lado del pasillo. Habría que derribarlas. Necesitaba un hacha.

Unas plantas más abajo encontró lo que buscaba. Junto al ascensor estaba el hacha esperando para ser usada en caso de emergencia. Este lo era. Sin perder un segundo subió las escaleras y arremetió contra la primera puerta. Al sacar el hacha un chorro de arena brotó por el agujero que acababa de abrir.

Media hora después el hacha estaba clavada en su pecho, casi cubierto por la arena que caía por los agujeros que había abierto en todas las puertas del pasillo...

martes, 24 de marzo de 2009

Tiempo

Después de mil años hay que seguir esperando en pista para poder despegar.
¿Cuándo acabarán las malditas pruebas del teletransportador? Ya nadie recuerda la catástrofe de Marte. El aparato no estaba preparado para trabajar con tanta carga y nunca se supo dónde fueron a parar todos aquellos chimpancés. Las protectoras de animales ya se habían quejado cuando fueron trasladados a la base marciana de teletransporte, pero aquello fue el altavoz para sus demandas.
Por primera vez en siglos, después del descubrimiento del cleftinium y su regulación a nivel terrestre, el mundo se había puesto de acuerdo. Pero no había manera de que el proyecto siguiera adelante.
Sabía, por mis contactos en la base, que los ensayos con insectos habían sido un éxito. Se había desarrollado genéticamente un ser, mitad mamífero mitad reptil, para continuar el proceso. Eso desató las iras de los religiosos, de todas las religiones sin excepción, que reclamaban para su dios la potestad de crear vida.Si algo bueno estaba teniendo todo esto era la capacidad de unión que estaba generando a nivel mundial. Por si fuera poca la protesta, unas fotos de las criaturas salieron a la luz y resultó que el animal era muy atractivo para los niños. Los padres comenzaron su búsqueda para comprarlo. La empresa que los creó dejó de producirlos para pruebas y sus socios ganaron una fortuna con la venta de la nueva mascota. Los protectores de animales y los religiosos no encontraban nada de malo en esto.
Un nuevo intento de usar animales estuvo a punto de acabar definitivamente con todo. La única solución posible era ir a más pequeño, a microorganismos: bacterias, virus, moléculas de ADN, incluso amebas. Todo satisfactorio, pero aún poco defendible para empezar las pruebas con humanos.
Los traslados en el planeta ya usaban la fibra óptica. Potentes ordenadores eran capaces de digitalizar hasta la última de nuestras células y enviarlas por los cables a la velocidad de la luz. La contaminación de los medios de transporte ya no existía, ni el cambio climático, y las diferencias entre ricos y pobres tampoco. Todo el mundo vivía donde quería sin importar donde trabajara. El teletrabajo no llegó a triunfar, y esto fue su puntilla definitiva, sobre todo desde que el problema energético se resolvió y el transporte pasó a ser gratuito.
Pero no había cables interplanetarios y el ruido eléctrico había impedido, hasta ahora, el uso de satélites de comunicaciones. Cierto que las naves eran mucho más veloces y cómodas que antes, pero la humanidad se había acostumbrado a la inmediatez y cualquier espera era demasiada. A las compañías de teléfono les costó aceptar que la velocidad del teléfono no era mejor que la digitalización, si podías darle un abrazo para qué sólo hablar. El teléfono había muerto.

Yo iba a probar el teletransportador interplanetario. Estaba en la nave que me llevaría a Marte. Toda mi vida había sido una prueba. Desde los nuevos coches voladores hasta los viajes por agujeros de gusano. Había sobrevivido a ataques de dinosaurios, comandado rebeliones de esclavos, ayudado a inventar la máquina de vapor,... pero el ensayo de la vida eterna no había salido del todo bien.
Funcionó. Vi como todos mis amigos morían año tras año sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. El medicamento no salió a la venta porque tenía un "molesto" efecto secundario. Te convertía en un vampiro. Un vampiro sin posibilidad de contagiar para compartir la vida. No estaba muerto, podía estar a la luz del sol, pero no tenía con quién compartirla.
El único que no muere y el que más desea morir...
Ojalá salga mal la prueba...

viernes, 22 de agosto de 2008

Huir

El autobús se movía despacio. Era la primera vez que estaba allí pero cada ventana, cada farola, cada coche aparcado le recordaban otra ciudad y otro tiempo.
Hay que seguir escapando. Me ha vuelto a encontrar
Llevaba tanto tiempo huyendo que ya ni se acordaba de cuándo empezó. Si hacía un esfuerzo podía recordar figuras borrosas: su madre, su padre, ... cuánto había cambiado el mundo desde entonces, pero ¿cuándo fue entonces?

Por un instante su verdadera edad se reflejó en su mirada cansada. Había visto tantas cosas mientras se movía... La gente cambiaba constantemente a su alrededor. Siempre nuevos rostros a los que no se molestaba en poner nombre. Jamás los llamaría por él. Ni por él ni por otro. No se podía permitir eso. Conocer a la gente, sus nombres, sus gustos, sus sueños producía dolor.

Recordaba a sus amigos de la infancia como sombras que habían perdido su identidad a base de su esfuerzo por olvidarles para no sentir su dolor ni su pérdida.
Los sentimientos acababan doliendo. El contacto con la gente provocaba sentimientos. La gente moría.
Todos menos él. Él había descubierto el secreto. Se puede escapar de la muerte. Sabía que se con cada sentimiento de pena por otro se moría un poco. Lo había descubierto al ver a su padre en el funeral de su madre: estaba muriendo delante de aquel agujero.

Él no quería morir así. Dejó todo atrás su familia, su casa, sus amigos... dejó su vida atrás para protegerla, para no perderla poco a poco.

....

Él ya estaba muerto.

miércoles, 9 de julio de 2008

Cambio de destino

Ayer fue mi último día en la oficina. Me vendieron la noche del 30 de junio al 1 de julio, con nocturnidad: obviamente, alevosía: lo sabré con el tiempo, y premeditación: según nos dijeron más de seis meses de negociaciones... que no sabía que fuera tan "indeseable". Seis meses para convencer al comprador de llevárseme. En realidad es llevársenos: somos seis los "mal queridos". Después de seis meses todavía no estaba todo cerrado y hasta ayer no nos habíamos movido. Tampoco es que tuviéramos especial interés en hacerlo, todo hay que decirlo.

Siguiendo la línea de no llamar a las cosas por su nombre, lo nuestro no ha sido ni una venta ni una compra, ha sido una sucesión de empresas. A simple vista la diferencia puede parecer dialéctica, pero en su interior esconde una trampa mortal para el empleado. En una venta/compra el empleado tiene que aceptar cambiar de empresa, firmando un nuevo contrato. En una sucesión todo viene hecho de fábrica. Mañana pasará a pagarte tu nuevo señor y no me rechistes. El maestro se compromete a mantenerte las condiciones que tenías en tu antiguo contrato... hummm ¿empezando por el sitio físico de la oficina?

Hoy estoy en la oficina de mi nuevo dueño (está claro que la dirección no es de las cosas que se mantienen). Mío, de los otros cinco y de varios contratos de mantenimiento. Todo sigue igual: el mismo portátil, el mismo trabajo, el mismo jefe (está en el paquete de venta). Pero en un sitio que está... ¿cómo decirlo suavemente?, un poco alejado de lo que viene siendo el centro de la ciudad. Gracias a que Renfe y Cercanías se han apiadado de nosotros (hasta la próxima huelga, en la que seremos felices sin poder ir a trabajar), mi conciliación de vida familiar y vida laboral no se verá muy afectada: perderé una media hora diaria más en desplazamientos. Mi conciliación entre gastos e ingresos también se verá ligeramente afectada. Es lo que tiene que la oficina esté donde el viento coge carrerilla, y esperemos que siga allí, no vaya a ser que el viento se la lleve más lejos todavía.

Tampoco tengo que cogerle mucho apego a la nueva oficina. De acuerdo que hay más representantes del sexo femenino en mi nueva ubicación pero, la empresa de mi nuevo amo se dedica a traficar con personas. Según ellos con sus cerebros y conocimientos. Pero, en realidad, venderán mi presencia completa, no sólo cerebro, al mejor postor (a ver si alguno se anima) y acabaré en otra oficina para ser sirviente temporal de un vicepropietario, porque mi patrón seguirá siendo el mismo.

Mis viajes a Frankfurt creo que han pasado a mejor vida, o a peor, que tampoco era tan divertido ir allí (excepto por las cenas). Al final mi tarjeta de LAN PASS no me permitirá hacer un vuelo gratis, con lo bien que íbamos allá por marzo-abril. Por suerte, probé las salchichas alemanas en el último viaje.

martes, 10 de junio de 2008

Clase de spinning

Hoy puede ser un buen día para entrar a pedalear. No puede ser tan duro, partiendo de la base de que la bicicleta no se mueve, así que tu integridad física y tu precario equilibrio no sufrirán las consecuencias.

Como un pardillo te das cuenta de que todo el mundo ha entrado con una botella de agua y una toalla. Piensas que tres cuartos de hora del biciclincing ese no deberían ser tan duros. No le das más importancia a tu falta de complementos, que piernas ya llevas y no debería hacer falta más.

Comienza la clase. La monitora está como un tren - de acuerdo, eso también ha podido influir en que tuvieras ganas de entrar precisamente hoy en la clase. Que si empezamos a rodar, subimos la carga, más rápido, venga un poco más... Cuando dice que ya ha acabado el calentamiento tú has mirado el reloj más que un niño esperando la llegada de los reyes magos y, algo le ha debido pasar, porque ¡no se mueve! Piensas en decirlo en voz alta, para que alguien te diga la hora que es de verdad. Pero sólo el esfuerzo de pensar y respirar al mismo tiempo casi acaba contigo. Confías en que ella tenga bien la hora, además la música de la clase durará lo que tiene que durar... no hay problema.

Segunda canción. ¿Ha dicho algo de una cuesta? Sube la carga y ponte de pie en la bici. Espero que esto aguante mi peso y que mis pulmones se queden en mi pecho cuando me levante - por si acaso cerraré la boca, no vaya a ser. A mí el progressive no es un estilo de música que me desagrade, pero puedo llegar a cogerle manía al ritmo si tengo que seguirlo. ¡Venga chicos! Un poco más, que ya estamos. ¡Sube más la carga que estamos al final! Al final... de mi capacidad de resistencia. Estoy oyendo a mis piernas pedirme perdón por lo que sea que hayan hecho y vayan a hacer a lo largo de mi vida y amenazándome con una denuncia por torturas.

Bajamos carga, relajamos, tiempo para beber agua. Pues sí que iba a haber sido útil la botellita. Como tampoco tengo toalla puedo aprovechar y beber los miles de litro de sudor que están cayendo por mi cara. También podría estar bien lo de la toallita, y alguna camiseta especial, que parece que estoy en pleno concurso de camiseta mojada. Consuelo: todo el mundo está igual que yo y eso que algunos vienen hasta con zapatillas especiales para montar en bici. No estaré tan mal.

Volvemos a subir. Las piernas están más animadas, mal de muchos consuelo de tontos, pero nadie dijo que las piernas tuvieran neuronas. Ahora toca un sprint. Un poco más, venga chicos. ¡Que ya acabamos! ¡Un minuto más! Ya claro, pues como lo midas con el reloj de la pared que tarda un minuto en contar un segundo moriremos aquí. En realidad no morimos, pero poco le falta y de un minuto nada. Tus piernas han decidido pasar a la acción y te están dando tirones desde el tobillo al culo. Por cierto, ¿a nadie se le ha ocurrido hacer más cómodos los sillines de las bicis?

Después de los estiramientos de rigor llegas arrastrándote al vestuario y no sabes muy bien cómo te encuentras a ti mismo debajo del grifo. Sales cojeando por los tirones pero pensando que no ha estado tan mal... y que la monitora con el sudor gana mucho... fijo que en una semana se me han pasado las agujetas y puedo volver a andar con normalidad. Además, esto era sano, ¿no?

jueves, 17 de abril de 2008

Cómo aprovechar el tiempo (2)

Capítulo 2

De lo que sucede cuando vas a un curso y te empiezan enseñando a hablar antes de llegar a decir nada interesante.

No me considero especialmente inteligente, ¡qué demonios! sí que me considero. Pero incluso sin que me considerara así, hay veces que parece que las cosas están preparadas para tontos. Los informáticos, y los que no pero reciban cursos, me entederán. Tú llegas emocionado (vale, tampoco es para tanto, pero siempre es interesante aprender algo nuevo) y descubres que el curso empieza explicando lo que es el ratón y cómo moverlo por la pantalla...

Algo ha fallado, se suponía que esto era un curso de programación en acojo.netJava2010 avanzado, ¿qué es esto?

Has llegado cinco minutos tarde y te has perdido la presentación de la gente. Casi todos son comerciales, con todos mis respetos y parte de mi odio, que para lo único que utilizan el ordenador es para rellenar hojas de cálculo y escribir propuestas que acabaran amargándote la vida, o gente que lleva entre dos y tres décadas sin programar nada y que la última vez que lo hizo los ordenadores eran más grandes que mi casa y no tenían pantalla...

Creo que nos hemos equivocado... ¿nos vamos?, ¿le damos una oportunidad para ver si en 10 minutos se ventila los últimos 15 años de informática y empieza lo bueno?, ¿montamos en cólera , si cólera se deja, y salimos de aquí después de armar la de Dios es Cristo? (por cierto, de dónde habrá salido esta expresión...)

Al final sigues ahí, porque el curso lo ha buscado la empresa, porque no estaría bien que te fueras y porque te falta valor para decir nada... Eso sí, allí hay más gente que en la guerra y el que no está tosiendo todo el rato, que ya se podía morir de una vez sin armar tanto escándalo ya que parece que la opción de salir de la sala para toser tranquilamente no entra entre sus planes, no para de preguntar tonterías. ¡Ah! y más de uno parece que no se ducha desde hace dos o tres décadas también...

¿Cuál será la pena de carcel en Alemania por matar a unas 10 personas?

¿Y si se lo merecen?

martes, 15 de abril de 2008

Tiempo

Lluvia.
Las gotas golpean la ventana,
el tic tac del reloj golpea al tiempo.

Viento.
El aire azota las ramas de los árboles,
el tic tac del reloj golpea al tiempo.

Sol.
El sudor cae contra el suelo,
el tic tac del reloj golpea al tiempo.

Arena.
Los granos pasan de un lado a otro,
en el reloj de arena que es la vida.



Frankfurt no es una ciudad muy alegre... y el tiempo no pasa muy deprisa.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Buscando casa

Visita 1

La vendedora tenía prisa, habíamos quedado a las 19:30 y a las 19:00 ya había llamado para decir que estaba ya en el piso. Muy bien, has llegado media hora antes, enhorabuena.
- ¡Fijaos qué escalera!
- A mí me encanta esta escalera...
- ¿Habéis visto la escalera?
Esto... una escalera señora, lo que se dice un peldaño detrás de otro, tampoco hay que darle mayor importancia, que ni los escalones son de oro, ni la barandilla de plata vieja... lo que viene siendo una escalera de toda la vida.
Del ascensor no dijo nada porque, además de ser más bien pequeño, no era una escalera que es lo que le ponía a esta señora.
La casa se compró como inversión. Se compró, se reformó (a cualquier cosa llaman reforma) y ahora se vende. El de la reforma podía haber puesto todos los radiadores iguales ya que estaba, y las llaves de la luz iguales también habría sido un detalle.
Abre la puerta de la casa y los siguientes cinco minutos se le van tratando de conectar la luz. Subiendo y bajando todos los controles del cuadro de la luz, menos el bueno. Pero lo consigue, yo ya me imaginaba viendo la casa a la luz de los móviles. Está claro que suele enseñarla de día.
- Una lástima que sea a estas horas, porque esta casa enamora por la luz. El sol entra por todas partes (¿A cuánto nos cobras el lux?)
Entramos. Lo primero una sala de unos cuatro por tres. Pienso que es el recibidor, la casa tiene 75 metros cuadrados (según el anuncio). Miro a la izquierda y no veo ninguna puerta que dé a otra habitación. Sigo la pared y veo unas tomas de antena y de teléfono. ¡Así que esto es el salón! En la pared de enfrente una ventana grande, que da a un amago de balcón a patio interior. Sigo a la pared de la derecha y veo una puerta batiente y un agujero (podría llamarse ventana, pero...) que comunica el salón con la cocina.
Llamar cocina a eso era ser muy generoso. Un hueco de unos tres metros de largo y uno y poco de ancho, el ancho justo para colocarse frente a la cocina. Los electrodomésticos nuevos, pero todos con categoría C, que ya que te pones ponlos buenos.
Después de esto sólo quedaba ver las habitaciones, porque si la casa tenía 75 metros y por ahora llevábamos gastados unos 18, las dos habitaciones y el baño tenían que ser de escándalo.
Y de escándalo eran... La habitación principal nos llevó todavía más abajo en nuestra ilusión por la casa (a esas alturas la mía ya andaba a la altura del metro, pero todavía podía seguir bajando). Ni la cama podía entrar ahí.
- Aquí no nos cabe ni la cama...
- Pues os aseguro que aquí había una cama de matrimonio y dos mesitas.
- Nuestra cama es grande.
- Hombre, si todo el problema es de la cama... puedo intentar rebajar el precio y así os queda para comprar una nueva
- Claro, si también podemos dormir de pie y así esto sería enorme.
A ojo la habitación tenía como 3x3. Le decimos que nuestra cama es de 2x2.
- Pues os queda un metro por cada lado
- ¿Qué? Si la habitación es 3x3 y la cama 2x2 nos sobra un metro, lo que hace medio metro por cada lado, no cabe ni mesilla, ni silla para la ropa, ni nada...
- Bueno os enseño el baño.
Mucho diseño en el lavabo y en el espejo, pero allí tampoco había sitio para nada. Eso sí, dos ventanas... tan bien puestas que impedían colocar una mampara o incluso una cortina de ducha. Sí señor, con habilidad.
- La otra habitación.
Esto sí que me enterneció, me trajo buenos recuerdos. Me recordó a mi habitación cuando era pequeño: 2,5x2.
- Tenían la cama, una mesa para estudio, el ordenador...
- Ya, si yo he vivido en una así y tenía de todo. Pero ahora que la casa será mía quiero que sea un poco más grande.
- Os voy a llevar a que veáis el trastero. Es enorme, vamos, ¡se puede hacer un estudio!
Esto podría salvar un poco la casa, si por lo menos se pudiera alquilar el estudio para sacar algo de dinero...
El trastero está en la quinta planta y el ascensor llega a la cuarta, feo detalle si quieres subir algo pesado. El pasillo que da a los trasteros ya está abuhardillado, en algunos puntos hay que agacharse.
¿Un estudio? Será para Papá pitufo y David el Gnomo, porque a cualquier otro esto le parece una mierda. Cierto que es grande, pero como mucho un cuarto del trastero tiene altura para estar de pie.
La mujer sigue en sus trece aprovechando que hay que subir la escalera
- La escalera es estupenda.
Vale, que sí, que ya lo has dicho.
Visto que está casi todo perdido se saca el último as de la manga, en este caso un mini metro para que podamos tomar medidas. En buena hora lo hizo, lo que yo decía 3x3 acabó siendo 2,5x2,8... la cama cada vez entraba menos y el resto de las habitaciones ni merecía la pena medirlas.
Ve que todo está perdido y comienza su labor de investigación a ver qué más nos puede ofrecer:
- La zona si os gusta, ¿no?
- Pues tampoco mucho, nos va más hacía Gran Vía.
- Ufff, es que el centro es muy caro.
- Bueno, podemos esperar, ya bajarán que ahora están bajando.
- ¡No os creáis eso! En enero ha subido mucho el negocio, yo la semana pasada vendí tres (así que ya tienes tu comisión de este mes, déjanos en paz de una vez)
- ¿No has dicho que este piso antes costaba casi 100.000 euros más y que lo han bajado?
- Bueno esto es un caso excepcional (ya...) Además, esto tiene mucho más valor que el centro (:-O, ¿no era carísimo el centro? )
Nos pregunta por la calle en que vivimos ahora, se la decimos, Desengaño, y el número.
- ¿No será en el segundo?
- Sí
- No puede ser... (Esto... llevo casi seis años okupando mi casa y no sé donde está la que yo compré)
- Por esa zona a lo mejor encontráis algo con buen precio... (el centro es carísimo y no vais a encontrar nada más barato que lo que yo os traigo)

Al final nos despedimos con un apretón de manos y con la sensación de que no sabemos contar, porque allí no había 75 metros ni de lejos, a no ser que se contarán como metros de casa los del trastero.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Memoria selectiva

Suena el despertador. Otro día. Misma cama. Misma habitación.
Primera parada: el baño. El fluorescente se enciende con el conocido zumbido inquietante.
Agua fría en la cara. El espejo te devuelve una imagen que aceptas como tuya.
El armario te da la ropa para hoy, una bolsa con la fecha escrita.
Hoy llevarás traje. ¿Traje? Uno azul oscuro. Camisa a rayas. Corbata salmón.
Extraño. No sabes qué te tiene preparado hoy el día. Miras la hora.
El despertador marca las 7:00 am. Sábado. ¿Sábado?
Ducha. No vas a discutir con el despertador. Algo tendrás que hacer a estas horas.
Desayuno. Hay café recién hecho. También tostadas.
El traje te queda un poco pequeño. Trajes Pérez, alquiler y arreglos.
Grapado a la tarjeta está el resguardo del alquiler. Traje de boda. ¿Boda?
11:00 am. Fuera hace demasiado calor para este traje. Algo tendrás que hacer con él. Sales.
No sabes dónde tienes que ir. Andas sin dirección.
- ¡Buenos días, Andrés!
¿Andrés? No recuerdas que ese sea tu nombre. Tampoco recuerdas otro.
- Venga chico, tienes que superarlo. Te invito a comer.
- ¿Superar? ¿Qué hay que superar? ¿Quién eres?
- Andrés, soy Pablo. El hermano de Julia. Tu casi cuñado.
- ...
- Yo iba en el coche camino de la iglesia con mi hermana el día del accidente.
- ¿Accidente? ¿Iglesia?
- Lo siento Andrés. No se pudo hacer nada por ella.
Recuerdas haber estado horas esperando en la puerta de una iglesia.
Recuerdas el traje que llevas puesto.
Recuerdas la cara del policía que te comunicó que Julia había muerto.
...
Te despides de Pablo. Recuerdos para la familia ya pasaré algún día a visitaros.

Tristeza.

Pasas la tarde arreglando el traje. Hay que devolverlo.
Lo metes en la bolsa. Lo dejas delante del armario.
Pones el despertador a las 7:00 am. Hay que devolver el traje.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Cómo aprovechar el tiempo

Cómo tratar de aprovechar el tiempo cuando no se puede hacer nada
Capítulo 1

Estas en la oficina del cliente y no puedes hacer absolutamente nada productivo para el proyecto en el que estas trabajando. Una circunstancia básica para llegar a esta situación es que se necesite alguna acción por parte del cliente que tarda en producirse o que parece que no se va a producir nunca. Para más INRI tus posibilidades de conexión a la red de redes desde tu puesto en cliente son nulas. Ahí estas tú. Con tu portátil y tu camisa elegante (comprada el día de antes en el Zara) con cara de tonto sin poder aprovechar tus horas de vida aunque sea leyendo el periódico.

El portátil es tu única salida. Pero tampoco te da mucho juego. Internet es un invento relativamente nuevo, pero se ha introducido en nuestra vida como los móviles o los GPS (que parece que ya nadie es capaz de salir de casa sin que una voz le vaya diciendo donde tiene que girar). Hoy en día un ordenador sin conexión a Internet se considera más un trasto inútil que otra cosa.

Ponerte a jugar con el buscaminas de windows no es una opción, aunque es cierto que se te pasa por la cabeza y piensas que sería una buena manera de pasar el rato. El resto de juegos de windows también están descartados, así como cualquier otro juego que tengas instalado en el portátil. No es de recibo ponerte a jugar al WoW en el cliente... que tampoco podrías, porque, recuerda: no hay conexión a Internet. Siempre podrías ponerte a pegar unos tiros con un Quake o un Unreal, pero es que no es elegante y ni el cliente ni tu jefe, cuando le informaran, lo vería bien. Descartada la opción jugar con todo el dolor de mi corazón.

Los discos duros de los ordenadores cada vez son más grandes y la gente almacena más cosas. Puedes ponerte a revisar todos y cada uno de los documentos que tenga el portátil. Portátil que, normalmente, tampoco es tuyo: es el que todo el mundo en la empresa utiliza para salir a cliente. Tu ordenador está atornillado al suelo en la oficina. Piensas que alguno habrá puesto algo que no debiera estar ahí y decides darte una vuelta por el explorador de windows. El día no está de tu parte y ves que el ordenador está limpio como la patena, por no tener, no tiene ni software ilegal, todo de libre distribución.

Ya has ido tres veces al baño en la que va de mañana para estirar las piernas y estas pensando en empezar a fumar para tener una excusa más para moverte. Estas sufriendo en tus carnes el síndrome de la clase turista. Tu lugar de trabajo es amplio, normalmente es el de alguien que está de vacaciones o de baja, así que hay sitio para las piernas. Pero el ver lo lentos que pasan los segundos te agobia, empiezas a sentirte cada vez más encerrado: memorizas el camino a la salida de la sala, a la salida del edificio, a la salida de emergencia, el camino al baño, la garita de la puerta, la parada de los taxis... los viajes astrales existen y tú estas viviendo uno en este momento. Antes de darte cuenta estas cogiendo un taxi.

Es en ese momento cuando el cliente se acerca. Borras como puedes tu sonrisa bobalicona de asiento de atrás de taxi para prestarle toda tu atención. Ya te habías hecho a la idea de que el día iba a ser perdido por completo y en tu fuero interno te fastidia que las cosas se hayan liberado y tengas que volver a currar. Qué caprichosa es la mente de uno: cuando no puedes hacer nada te sientes enjaulado, perdiendo tu tiempo; cuando puedes hacer algo te sientes explotado, que no te dejan en paz ni un momento... Conectas el oído a tiempo para enterarte de que las cosas siguen un poco paradas, que la persona que tiene que hacer lo que sea no está:
  • Le están operando hoy...
  • Tenía que haber vuelto de vacaciones pero nadie sabe dónde está...
  • Ha habido una crisis y está hasta arriba de trabajo...
  • Se ha quemado con el café y se ha ido a comisaria a ponerle una denuncia a la empresa...
  • Le ha sentado mal el café y lleva toda la mañana en el baño, cuando salga irá a ponerle una denuncia a la empresa...
  • Se ha quedado encerrado en el baño y estamos esperando que vengan los bomberos para sacarle...
  • Se ha marchado de la empresa esta mañana con una crisis de ansiedad...
  • Está en la planta de arriba con un Cetme disparando a sus compañeros...
  • ...
Tu cabeza vuelve a jugar contigo. En los breves momentos que han pasado desde que has visto que el cliente se acercaba hasta que te ha dado la excusa has pasado de estar cabreado por tener que volver a currar a pensar que con un poco de suerte lo acababas rápido y te podías marchar. Vuelta a la jaula y al agobio. ¿Dónde estará el taxi que había cogido?

Entre unas cosas y otras se acerca la hora de comer y toda tu producción del día ha sido un folio escrito a mano (claro, no tienes Internet y no le puedes mandar un correo electrónico al cliente) pidiéndole unos cambios. Tu único consuelo es que tu empresa les cobrará por cada una de tus horas desperdiciadas un dineral, flojo consuelo porque tú no verás ni un céntimo. Le dices a tu taxista virtual que te lleve a una armería, que vas a comprar un Cetme tú también.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Último vagón

Después de tres paradas sin que entrara nadie en el vagón, Ana se sobresaltó al oír cómo se abría la puerta. Estaba acostumbrada a ir en el último metro. No le asustaba ir sola. Las clases en la universidad en turno de tarde-noche, le habían convertido en una habitual de la última hora. Ahora, a pocos días de los exámenes de septiembre, las tardes de estudio con Bea terminaban pasada la medianoche. Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, lo que pasa es que ya es mañana. Ana no era una mala estudiante, pero siempre dejaba las cosas para el último momento.

La puerta acabó de abrirse y detrás de ella apareció una gran mochila en la espalda de un chico con bermudas y sandalias. La mente de Ana no tardó ni medio segundo en catalogarle como un mochilero. Los mochileros despertaban sentimientos encontrados en Ana. Por un lado le encantaba la idea de convertirse en uno de ellos y recorrer el mundo sin preocupaciones, con la casa a cuestas como los caracoles. Pero, por otro lado, le parecían sucios y dejados, como si no les importara nada la impresión que causaban en el resto del mundo. ¿Es que no se pueden duchar y peinar de vez en cuando?

Esta mezcla de sensaciones le llevaba siempre, sin remisión, a mirarles con un poco de repulsión, pero no podía evitar hacerlo. Era una sensación morbosa la que le obligaba a mirar sabiendo que, lo que vería, le produciría repulsión. Para no volverse loca con esta manera de comportarse había inventado una excusa que le permitía mirar y le daba un motivo "aceptable" para hacerlo: las mochilas. Los mochileros, con una intención que ella juzgaba un poco chulesca, casi siempre adornaban sus mochilas con las banderas o escudos de los países o ciudades que visitaban. Una especie de pasaporte de exhibicionista. Ana sabía que parte de su mala impresión se debía a que ella no había salido nunca del país y le parecía que ellos estaban presumiendo. Así que, una vez más, se dispuso a descubrir qué sitios había conocido aquella mochila. Esa es de Suecia, aquella de Gran Bretaña, Alemania, Canadá...

Antonio estaba teniendo un mal día en una mala vida. Le acababan de echar del albergue. Llevaba una semana y le dijeron que no podía seguir durmiendo allí. Llevaba desde que entró en el albergue sin pincharse. Había decidido dejarlo. Ya ni siquiera recordaba cuántas veces se había propuesto lo mismo, pero esta vez iba a ser diferente. Buscó ayuda en el albergue y se la dieron. Lo estaba llevando bastante bien. Casi había superado las crisis. Pero, recordaba que siempre había habido un pero en las ocasiones anteriores, se acabó su estancia en el albergue. Le habían ofrecido ayuda, pero desde ese día sólo sería ayuda para desengancharse, no para vivir: ahora tendría que buscarse la vida.

No sabía dónde ir y se metió en el metro, a donde fuera. Llevaba todo el día cambiando de línea y de dirección hasta que el metro se fue quedando vacío. Había pensando en quedarse en alguna estación o en el propio vagón a ver si podía dormir ahí. No quería salir a la calle. Allí estaba la tentación y sabía que volvería a caer.

Estaba buscando una solución a su noche pero había algo que le molestaba en aquel vagón. Se sentía inquieto. Levantó la vista y descubrió lo que era. Había una chica en el vagón con él. No se había dado cuenta cuando entró. La típica niña de papá que tenía la vida resuelta. El problema más complicado al que se enfrentaba eran los apuntes que tenía sobre sus piernas. Pero tenía donde dormir, donde comer, que comer... Un sentimiento de ira empezó a subir por su pecho. No quería que eso pasara. La última vez que le pasó algo parecido con el mono... No quería recordarlo. Bajó la mirada y trató de olvidarse de ella.

Aquella parece de Argentina, esa es de Japón. Es imposible que haya estado en tantos sitios, parece muy joven. Ana se había dejado llevar y miraba con descaro la mochila y la cara del mochilero. No podía ser que hubiera estado en tantos países. Era un timo. Seguro que había comprado todas las banderas el mismo día que la mochila y las había pegado todas a la vez. Pero algo en su cara le decía que había vivido mucho. Tenía cara de haber estado en muchas partes y no todas buenas.

- ¿Por qué no dejas de mirarme? - Acabó por explotar Antonio. - Ponte a estudiar tus apuntes y déjame en paz. No sabes en lo que te estas metiendo niña.

Ana chilló. No se esperaba esa reacción. Se asustó. Volvió a mirar sus apuntes sin decir ni una palabra. Su mente se lanzó a pensar en qué sería lo siguiente. Un sudor frío bajaba por su frente. Quería llegar a la siguiente estación, salir de aquel vagón y del metro. Cogería un taxi, llamaría a su padre, lo que fuera, pero tenía que salir de allí. Sus ojos se empeñaban en mirar al chico para ver si se movía y su mente le ofrecía imágenes del chico saltando sobre ella con un cuchillo en la mano para violarla y matarla.

Se sentía un poco culpable. La chica no tenía por qué pagar su mal día. Era una niñata más con la vida resuelta, pero no tenía la culpa. Recordó a su hermana. Ella también estudiaba y se ganaba la vida. Aquella chica se parecía un poco a su hermana. Eso le hizo sentirse peor aún. Cada vez que la miraba para pedirle perdón veía como apartaba los ojos como un animal asustado en mitad de una carretera.

Un frenazo le sacó de sus pensamientos. El tren se había parado en mitad del túnel. Al menos seguía habiendo luz. Los segundos se empezaron a hacer minutos y aquello no se movía. Antonio tenía un poco de claustrofobia y, a pesar de llevar todo el día en el metro, quedarse parado en mitad del túnel era más de lo que podía soportar hoy. Se vio a sí mismo con los mismos ojos de animal asustado que tenía la chica. Se giró para mirarla...

No podía más. Estaba segura de que no iba a salir de aquel vagón, al menos intacta. En su imaginación la mochila estaba llena de cuchillos, navajas, jeringuillas,... Un golpe. !El tren se ha parado¡ Segura de que ha sido cosa de él. Su parte racional trata de hacerle ver que es imposible que el chico haya hecho algo para parar el tren, pero su histeria no atiende a razones. Ve como aumenta la inquietud del chico: se está preparando. Ve sus ojos, asustados, con las pupilas dilatadas. Esto es la guerra, o él o yo...

La chica está menos de un metro de él. No se ha dado cuenta de cuándo se ha levantado, pero ahora está ahí. Ve una mirada que le asusta. Ya no está asustada, está decidida. Pero no sabe qué ha decidido ni hasta qué punto tiene que ver él en la decisión.

El metro arranca de nuevo y la chica pierde el equilibrio cayendo sobre él.

Ana se lanza sobre el chico. El tren se pone en marcha y aumenta su fuerza. Antes de hacerlo su mente racional lanza un grito de ayuda. ¿Qué estoy haciendo? Pero ya es tarde, aunque intentara parar la inercia del arranque no se lo permitiría...

Antonio nota una presión en el pecho al tiempo que la chica cae sobre él. La sujeta con fuerza para que no se haga daño cayendo.

- Perdona lo de antes. Hoy está siendo un día horrible, pero tú no tienes la culpa. Me llamo Antonio.

En realidad no sabe si lo ha dicho o sólo lo ha pensado. La presión se ha convertido en un dolor insoportable y no puede respirar.

Ana se levanta asustada por lo que ha hecho. Al separarse ve como su bolígrafo asoma del pecho del chico. Clavado hasta más de la mitad. Ve como la sangre empapa la camiseta blanca a cámara lenta.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Puedes pensar lo que quieras

- Buenas noches.

Ana levantó la mirada de su libro y la dirigió al hombre que saludaba desde la puerta del vagón. Una sensación entre sorpresa y desconfianza pasó por su cabeza. No es normal que la gente salude cuando entra al metro, aunque sea el último del día y vaya prácticamente vacío. El desconocido no parecía peligroso. Era un chico joven, con buen aspecto. Vestía bermudas y una camiseta blanca. Los pies dentro de unas gastadas sandalias. Y a la espalda una mochila de viaje. Lucía una agradable sonrisa, más en sus ojos que en sus labios.

Aún así, Ana no las tenía todas consigo. Volvió a bajar la cabeza hacia sus apuntes de derecho. Se acercaban los exámenes de septiembre y todo momento era bueno para hacer lo que no había hecho durante un verano de fiestas y playa. Había que asentar los conocimientos, como decía Grande, su profesor, ahora que estaban frescos después de una tarde de estudio en grupo. No te distraigas se dijo a sí misma. Pero ya era tarde, sus ojos habían visto una pequeña bandera en la mochila de su nuevo compañero de viaje y, ahora, su mente volvía sobre ese detalle.

Siempre le había gustado la idea de ser mochilera. Coger un tren a cualquier sitio e improvisar el viaje de ciudad en ciudad. La verdad es que llevaba años pensando en hacer el famoso interrail, pero nunca era el momento adecuado: exámenes, trabajos temporales, falta de dinero, falta de acompañantes... Dormir en albergues tampoco era algo que le llamara mucho la atención. Le atraía la libertad, pero necesitaba un empujón para aceptar el resto del paquete. Quería ser como ese chico. Su sonrisa transmitía felicidad y parecía que iba solo, sin depender de nadie y sin miedo. ¿Qué países habría visitado? Creyó recordar un ligero acento en su "buenas noches". No le había prestado atención en su momento pero, de nuevo, su mente se empeñaba en recordar. Podías hacer esto con el derecho romano también, regañó a su cerebro.

Ya estaba en países lejanos. Se veía visitando las pirámides de Egipto. Subiendo a la Acrópolis en Atenas. Saludando a la estatua de la libertad. Recorriendo Amsterdam en bicicleta. Tomando té en Japón. Admirando el coliseo en Roma... Roma, de Roma romano. ¡Derecho Romano! De vuelta al mundo real descubrió que su mirada estaba buscando más banderas en la mochila. Se avergonzó al darse cuenta de que el chico la estaba mirando. Mantenía su sonrisa. De nuevo su mirada a los apuntes. Su mente recordando las pequeñas banderas y tratando de darles nombres a sus países. Esta vez no hizo nada por parar su pensamiento y llevarlo al camino del estudio. Sabía que ya no había nada que hacer. Siempre le habían dicho que se distraía con mucha facilidad y no lo podía negar. Decidió que cuanto antes pusiera nombres a los diseños y colores antes podría volver a su derecho. Sabía que no sería así, pero aceptaba el engaño.

Había visto una bandera azul, con una cruz amarilla, eso es Suecia. ¿Será sueco? No era capaz de recordar el color de su pelo o de sus ojos, y ahora no iba a volver a mirarlo. Puede ser sueco, por qué no. La bandera de Gran Bretaña también la había visto, no había duda. Y la alemana, ella tenía una cazadora militar con esa misma bandera en el hombro. Le parecía haber visto también la hoja de arce. Tal vez era canadiense. Había alguna más, y sólo había visto un lado. Ella quería ser así, ¡viajera!

Antonio ya estaba harto de la mochila. La había comprado en una tienda de segunda mano. Necesitaba algo grande para llevarse sus cosas del colegio mayor. En un primer momento pensó en quitarle todas las banderas. No iba con él. El viaje más largo que había hecho en su vida había sido a la universidad. Lo tomó como una ironía, el último viaje de la mochila coincidiría con su vuelta a casa.