El autobús se movía despacio. Era la primera vez que estaba allí pero cada ventana, cada farola, cada coche aparcado le recordaban otra ciudad y otro tiempo.
Hay que seguir escapando. Me ha vuelto a encontrar
Llevaba tanto tiempo huyendo que ya ni se acordaba de cuándo empezó. Si hacía un esfuerzo podía recordar figuras borrosas: su madre, su padre, ... cuánto había cambiado el mundo desde entonces, pero ¿cuándo fue entonces?
Por un instante su verdadera edad se reflejó en su mirada cansada. Había visto tantas cosas mientras se movía... La gente cambiaba constantemente a su alrededor. Siempre nuevos rostros a los que no se molestaba en poner nombre. Jamás los llamaría por él. Ni por él ni por otro. No se podía permitir eso. Conocer a la gente, sus nombres, sus gustos, sus sueños producía dolor.
Recordaba a sus amigos de la infancia como sombras que habían perdido su identidad a base de su esfuerzo por olvidarles para no sentir su dolor ni su pérdida.
Los sentimientos acababan doliendo. El contacto con la gente provocaba sentimientos. La gente moría.
Todos menos él. Él había descubierto el secreto. Se puede escapar de la muerte. Sabía que se con cada sentimiento de pena por otro se moría un poco. Lo había descubierto al ver a su padre en el funeral de su madre: estaba muriendo delante de aquel agujero.
Él no quería morir así. Dejó todo atrás su familia, su casa, sus amigos... dejó su vida atrás para protegerla, para no perderla poco a poco.
Al día siguiente cogimos el tren para Yaroslav, en el anillo de oro (más información). Ese tren sí lo habíamos conseguido comprar y además teníamos una reserva en un hotel (el único del viaje) en esa ciudad. En Rusia tienes que llevar tu pasaporte a que la policía lo registre si pasas más de tres días laborables en una misma ciudad, gracias a nuestra noche en Yaroslav evitábamos ese trámite.
El tren estaba bien, pero no tenía comparación con el de San Petersburgo a Moscú, aquí no daban comida ni cogía velocidad, pero bueno, nos llevaba a donde queríamos, así que... En la estación tuvimos que comprar un plano de la ciudad - aquí tampoco parecía haber oficina de turismo - y cogimos un taxi para ir al hotel. No teníamos ni idea de la distancia y se aprovechó, para poco más de cinco minutos de trayecto nos pedían 300 rublos, aunque nos lo acabó rebajando a 200.
El hotel era lo mejor que habíamos visto en Rusia. Además habíamos dejado las mochilas en la sala común del albergue de Moscú para viajar ligeros. Tampoco hablaban inglés, pero tenían interés en entendernos y todo fue bien, incluso cuando hablamos de dinero y les dijimos que habíamos pagado con tarjeta desde internet. Aunque por fuera no tenía buena pinta estaba muy bien. Se llamaba Tourist y eso es lo que estaba escrito en la puerta, el sonido "turist" en cirílico.
El tiempo no hacía más que cambiar y llovió, hizo sol, volvió a llover, volvió a salir el sol... cada 15 minutos cambiaba todo. Eso sí, la gente era más simpático, incluso en una tienda una chica nos habló en español.
En la ciudad visitamos Bogojavlenskaja cerkov'.
Yaroslav está donde el río Kotorosor se une al Volga.
También el Spasso-probrazhenski Monastir, el monasterio de la transfiguración del Salvador. Como los demás con su muralla y sus iglesias interiores.
Como el tiempo estaba tan cambiante y tampoco había mucho más que ver volvimos al hotel y vimos Two Much de Fernando Trueba en la televisión rusa. El doblaje deja mucho que desear, de hecho es una única voz la que lee, sin inflexión ninguna, el texto de todos los personajes, además de los nombres de todos los actores.
Después de la mala experiencia de los billetes de tren del día anterior, habíamos decidido relajarnos caminando tranquilamente por Moscú. Darnos un día de auténticas vacaciones, sin un plan y sin prisa por llegar a ningún sitio.
Lo primero que hicimos fue dar una vuelta por el metro y sus estaciones. Los pocos carteles que hay están escritos en cirílico y es más fácil contar las estaciones que tratar de saber en qué estación estas.
La cantidad de mosaicos que hay en las estaciones es grande y todos son a cuál más bonito.
Los cambios de línea son poco menos que inexistentes, tienes que subir hasta el vestíbulo de la estación y coger la escalera mecánica que te lleva a la otra línea, no hay pasillos interiores, subes hasta la calle y bajas por otro lado.
La gente tan alegre como en San Petersburgo.
Y más mosaicos.
Y estatuas.
Al final fuimos a los terrenos de Vserossijskij vystavočnyj centr, el recinto ferial ruso. Otra de esas construcciones enormes soviéticas (300 hectáreas). La antigua exposición de los logros de la URSS para celebrar las glorias de la patria. En la actualidad los pabellones son algo extraño, hay un pabellón lleno de farmacias, otro lleno de tiendas de electrónica, uno con tiendas de recuerdos,... Parece que ya no quedan muchas glorias de la madre patria que celebrar. Eso sí, las tortugas ninja y los personajes de Disney sí que están en todas partes. También hay grandes fuentes (¿a qué me suena esto?) y una zona sobre la carrera espacial con el monumento a los Conquistadores del espacio y una réplica de una nave.
El parque estaba lleno de gente, metida en las fuentes, patinando, niños en una feria, castillos hinchables,...
Aprovechando que la Plaza Roja estaba cerca del albergue nos volvimos a acercar con el trípode para hacer fotos nocturnas. Allí descubrimos una tradición rusa. En la entrada de la Plaza Roja, al lado del museo de historia, hay un sello en el suelo dentro de un círculo. Pues la tradición consiste en colocarse encima del sello sin que haya nadie dentro del círculo y lanzar unas monedas hacia atrás.
Y las fotos nocturnas que buscábamos. Los almacenes Gum tenían una decoración que casi parecía navideña a mediados de junio.
El segundo día nos acercamos al Kremlin. Una turista americana nos había dicho en la cola de Peterhof que se llenaba y que luego era muy complicado conseguir entradas para la armería y el tesoro. Conseguimos la entrada para la armería a las 10:17 y en la entrada pone que tenemos que estar allí a las 10:00. De todas formas nos dejan pasar y aquello es impresionante. Por supuesto, totalmente prohibido hacer fotos, vídeos o cualquier cosa y mejor que ni lo intentes.
Después de la visita a la armería y sabiendo que al Kremlin podemos entrar en cualquier momento con la entrada (la hora es sólo para la armería) tratamos de conseguir billetes para visitar el anillo de oro. Habíamos preguntado en el albergue si nos compraban los billetes, después de San Petersburgo tampoco nos apetecía mucho luchar en la estación. Nos dijeron que no lo hacían delante de un cartel en el que ponía que sí que los compraban, pero... son rusos.
En Moscú no hay oficina de turismo, sorprendente. Nos acercamos a una supuesta oficina de turismo, pero no lo es, es una agencia de viajes. La de la agencia poco menos que tiene un ictus cerebral cuando le preguntamos en inglés si nos puede organizar una excursión a Suzdal... no puede, de hecho estaba todavía en trance cuando salimos de la agencia. En otra agencia en la que sí que hablan inglés y nos dicen que ese tipo de excursiones son de dos días y que sólo las hacen en fin de semana. Lo intentaremos en la estación de tren, qué le vamos a hacer.
El Kremlin es una auténtica maravilla. Aunque en mitad de la antigüedad han edificado un palacio de congresos (en 1.961) con la estructura rusa de los años 60: un edificio cuadrado y gris cemento que estropea bastante el conjunto.
Dentro del Kremlin está el cañón más grande del mundo y la campana más grande del mundo, el uno nunca ha sido disparado y la otra nunca ha sido tañida, pero el tamaño importa.
Como el resto de monasterios rusos cuenta con su muralla y sus iglesias interiores, aquí también palacios. Las iglesias son la Catedral de la Asunción, de la los Doce Apóstoles, la del Arcángel San Miguel y la de la Anunciación. Todas con sus cúpulas y arte interior (iconostasios y pinturas).
Las cúpulas de palacio de oro de la zarina.
El intento de compra de billetes en la estación resultó ser un fracaso. Nos habían dicho en la agencia que había una estación cerca pero no conseguimos encontrarla. Así que, para aprovechar un poco el tiempo nos dirigimos a Kolomenskoe. Un monasterio enclavado en un parque sobre una pequeña loma y al lado del río Moscova. La iglesia estaba cerrada cuando llegamos y sólo pudimos admirar las cúpulas y el exterior. Nos costó bastante encontrarlo. Puesto que no podíamos entrar nos sentamos en un banco en la entrada junto a unas chicas que estaban dibujando la iglesia y oyendo por el móvil a ¡David Bisbal con su Ave María! No pude soportarlo y me quedé dormido.
Volviendo a por los billetes, no nos habíamos dado por vencidos, encontramos un concierto en la calle.
La compra de los billetes fue... horrible. Después de decidir que no podríamos llegar a Suzdal - no había tren, había que cambiar a un autobús que nos daba sólo un par de horas para visitar el pueblo, sólo había tres al día... -, así que el viaje sería Yaroslav (que teníamos reservada una noche en hotel) y Sergei Posav a la vuelta hacia Moscú, eso para dentro de dos días. Si la compra iba bien al día siguiente trataríamos de ir a Vladimir, comprando también el billete. El principio fue muy bueno, encontramos una zona de la estación que parecía para turistas: con aire acondicionado, con un número para todos los mostradores, taquilleras eficientes... pero sólo se podía comprar la ida a Yaroslav, la vuelta al querer parar en Sergei Posav había que comprarla en la estación de "cercanías". Para allá que fuimos y también quedamos sorprendidos, esta vez sólo de la eficiencia de la taquillera que nos vendió los billetes y cerró la taquilla justo después (21:30). Así que fuimos, crecidos, a por los de Vladimir. Y ahí se nos fue el mundo abajo. Volvimos a la estación de las mil colas y las paradas reguladas (era otra estación de tren, en Moscú hay varias y dependiendo del destino hay que ir a una u otra). Después de casi dos horas de cola y varias luchas con rusos que se querían colar la taquillera nos dio unos billetes que no eran los que queríamos, a unas horas absurdas y se quedó tan a gusto. Para reclamar id a otra taquilla. Odio enorme hacia la ineficacia de este país (cuánto daño ha hecho el comunismo que les mantenía aunque no hicieran nada...) y vuelta al albergue. Al día siguiente pasearíamos por Moscú sin rumbo fijo, sería un día para la relajación.