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lunes, 17 de septiembre de 2007

Diarios de viaje

Es una costumbre que comencé allá por 1.999. Mi primer viaje al extranjero. De hecho mi primer viaje sin la familia, si descontamos el de fin de curso. En mi familia las vacaciones no siempre eran sinónimo de salir de la ciudad. Y, cuando lo eran, la salida era siempre al mar. Playa por la mañana todos y cada uno de los 15 días, y por la tarde visitas a pueblos cercanos elegidos al azar.

Ese primer viaje cambió mi manera de entender el concepto de vacaciones. Hasta ese momento eran sólo los días en los que podía estar en la cama hasta tarde y no tenía obligaciones (primero estudiando y luego trabajando). No necesariamente fuera de Madrid, y en el caso de serlo, ligados inevitablemente al mar: arena, sal, sombrillas, masificación... Ahora veía que existían más posibilidades. El mundo no acababa en la playa y no empezaba en Madrid. Había infinidad de sitios entre medias y decidí que quería ver la mayor cantidad posible de ellos.

Fue una grata experiencia. Alguien que no había salido prácticamente nunca de casa se iba con otros tres amigos durante 16 días a Rumania. Una cultura totalmente diferente a la conocida. Cultura que, por otra parte, casi no conocía porque sólo había vivido los chiringuitos y los paseos de playa. Un idioma nuevo, una religión distinta, un plan organizado por lugares que ver y no sólo por proximidad, convivir con otra gente y conocer gente nueva cada día,... Un shock y una gozada. Provocó la necesidad de aprovechar todos y cada uno de los días de vacaciones en descubrir cosas nuevas, tanto en España como fuera. Incluso en Madrid ciudad, viviendo aquí, hay mucho que descubrir.

Aquella primera vez ya salí con la idea de escribirlo todo. Tenía la impresión de que iba a ser algo digno de recordar. Además de hacer un homenaje a Bram Stoker y a su Drácula, ambientado en Rumania también. Desde entonces he escrito algunos de mis viajes, en realidad los largos. De hecho no tengo nada escrito de España, siempre son fines de semana o puentes. Han quedado sobre el papel (una manera de hablar en este momento digital) ese viaje a Rumania, el Interrail por Italia y Grecia del año siguiente (2.000 año jubilar), parte del viaje a Egipto y a Marruecos (2.005, sólo parte porque eran viajes organizados y en la revista de la agencia ya ponía mucho), Croacia y Bosnia-Herzegovina (2.006), estoy pasando desde el cuaderno original el viaje a Japón (2.006) y el viaje a Berlín, San Petesburgo, Moscú y Colonia (2.007). Además de lo escrito también, como aficionado a la fotografía, todos los viajes vienen de vuelta con un buen montón de fotografías, algunas disponibles en internet y otras que iré subiendo con tiempo.

A mí me gusta pensar que más que diarios son Cuadernos de viaje, una especie de guía para recordar. En realidad siempre me ha encantado la idea de cobrar por escribirlos: trabajar escribiendo guías de viaje. Tiene que ser un trabajo fantástico, escribir las guías de países lejanos (o cercanos), o hacer las fotos que salen en esa guía.

A mí me parece algo totalmente natural desear un trabajo que me lleve a conocer mundo, pero sé que no a todo el mundo le gusta viajar. Lo sé, pero no lo entiendo.

Otro trabajo soñado es el de localizador de exteriores. Recorrer el mundo buscando el monte perfecto, o el callejón oscuro y tenebroso, o la playa paradisiaca,... para esa escena. Estoy convencido de que habrá películas en las que localizar los exteriores no sea nada divertido ni particularmente agradable: buscar un sótano oscuro, un psiquiátrico abandonado, una cueva en mitad de un bosque... pero con todo y con eso creo que es un trabajo estupendo.